Un día 13 de marzo hace ya tres años nuestra madre partió al encuentro de nuestro padre, quien lo había hecho seis años antes. Habían formado una familia un 14 de marzo del año 1942, ambos transitaron por la vida por cien años. En estas memorables fechas, me propongo hacer un breve bosquejo de la “Mami Lula”, como la conocíamos en la familia, es una descripción personal que intenta tener su objetividad, aunque reconozco la posibilidad de ella tenga un sesgo propio. Aunque es muy posible que al recordarla aparezcan impresiones y situaciones similares, de aquellos que convivieron en su mundo.
Mamá tenía una particular manera de hacernos sentir el apego familiar – sin duda acompañada por papá – a pesar de las grandes distancias que muy temprano nos separaron por las necesidades de continuación de estudio de cada uno de sus hijos, quienes fueron partiendo a otros lugares dejando atrás la educación básica y la zona austral en la cual vivíamos. Que decir de este desapego, que escondía sus silencios emocionales en cada partida, y que nosotros fuimos asumiendo con los años que fue una decisión estratégica, que logró nuestro desarrollo personal y especialmente profesional.
Vivir un siglo plenamente consciente da para un libro de varios capítulos, por ello solo anclaré este bosquejo de la Mami Lula a tres palabras: acompañamiento, intuición y silencio, las que utilizaré como hilo conductor del bosquejo prometido.
Las otras dos palabras se conjugan en su presencia comunicativa, que en más de una oportunidad en una respuesta rápida mostró una sagacidad que dejaba sin palabras. Es que sus intuiciones predictivas, plena de certezas, en largos pasajes de un estado de silencios pensantes, cuya acción marcaba presencia en su mirada sin emitir palabras.
Quizás con el paso de los años podremos comprender los afectos maternales de estos ecos pensante silenciosos de la Mami Lula.


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