Busco contar una historia personal que relaciona mi quehacer espiritual con el camino religioso por el cual he transitado hasta ahora y aprovechar la oportunidad de acercarlos a mi vivencia de esta nochebuena que se nos avecina y entregarles mis mejores deseos para ustedes.
Desde luego solo pretendo esbozar una somera descripción de dicha vivencia, pues sería temerario querer extenderme demasiado. Comienzo por darle contexto conceptual a lo que es hacer historia, aunque hay muchos autores que han dado definiciones sobre el concepto de historia, solo tomaré dos:
Benedetto Croce decía: “Toda historia es historia contemporánea, es decir, nace de las necesidades intelectuales y morales del momento” . Me apego a esta definición de Croce, porque no es un misterio la crisis de moralidad que se ven en los distintos planos de la sociedad actual. En la historia que pretendo contarles encontraremos como a lo largo de los años se ha ido construyendo mis propios valores.
La otra definición es de Miguel de Certeau: “Una evidencia: la historia del pasado, por más controlada que esté por el análisis de los documentos del pasado, esta guiada por una lectura del presente.” Porque mi relato se apegará principalmente a mis experiencias de lecturas que me ha acompañado en este derrotero de vida.
En la aldea de Balmaceda a medida que la oscuridad avanza por los ventanales de las casas emergen destellos multicolores que se ordenan de forma cónica – claro son las luces que alumbran los árboles navideños – en un par de horas será nochebuena. En el extremo austral de Chile, hacia el hito 50, poco antes de la medianoche las familias caminan a celebrar la Misa del Gallo, que según la leyenda lleva este nombre por culpa de un gallo que en Belén fue el primero en anunciar el nacimiento de Jesús.
Reunidos en el templo el ritual de la Misa del Gallo se va desarrollando conforme a la tradición, aunque de manera sigilosa algunos padres se escabullen - entre ellos mi padre – para cumplir las labores de Papá Noel y dejar los regalos a los pies de los árboles navideños. Mi padre tenía por rutina concurrir a misa durante el año los domingos y, siempre se ubicaba a la entrada del templo, desconozco si esto era una estrategia para hacer lo mismo en la Misa del Gallo, pero funcionaba pues a nosotros nos parecía los más normal, aunque estamos pendientes de sus movimientos pues con cada año crecía la duda de la real existencia de Santa Claus.
Aunque hay en mi huella lectora varías mujeres en el plano filosófico y siguiendo la idea fuerza que deseo entregar en este relato, me aferraré a Simone Weil, ella me ayudo a comprender que la cosmovisión que construía, no era algo abstracto, sino que estaba vinculada con la realidad. La materialidad corporal estaba ineluctablemente ligada a los pensamientos y por ende a mi espiritualidad.
En la búsqueda azarosa en los bosques cercanos al pueblo, lo que en una ocasión por un toro enfurecido por entrometernos en su hábitat pudo costarnos la vida de nuestro padre, en la definición de la ubicación y adornarlo con los motivos navideños, dándole un sello familiar con la inclusión de caramelos, esta materialidad se conectaba a un mundo con sentido que alimentaba de amor nuestras vidas.
Hoy contemplo los árboles navideños que salen a mi encuentro, aunque la tristeza puede aparecer por momentos, pues hay seres amados y queridos que me acompañan desde el más allá, como otros en este mundo ancho y ajeno que por motivos diversos y justificados alimentan mi soledad, cada árbol navideño que observo y la alegría que se vive entorno a ellos esta noche me cobija.
En tiempos de modernidad que como dice Habermas se ha descarrilado, entre el avance de las comunicaciones tecnológicas y el consumismo exacerbado, quizás sean éstas algunas de las principales causas que nos podrían desorientar del verdadero sentido de esta nochebuena. Aún así para mi, es una hermosa ocasión para desearle que puedan celebrar y reconectar sus vidas hacia un horizonte de solidaridad, paz y amor: FELIZ NAVIDAD.

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